EL TELÉFONO COMO MEDIO DE COMUNICACIÓN EN EAD

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Las expectativas creadas en torno al teléfono llevaron a los educadores de final de siglo XIX y comienzos de XX a establecer predicciones sobre sus beneficios en la democratización de la educación y la mejora de intercambios comunicativos docente-discente en la distancia. Pero una vez más, ese optimismo inicial no se ha refrendado siquiera en la actualidad. En muchos países del primer mundo las escuelas públicas siguen siendo uno de los sistemas estructurales con mayor déficit en conexiones a la red telefónica del conjunto de servicios estatales(1).


Durante la fase de expansión de la educación a distancia, a partir de los setenta, esta modalidad se ha provisto masivamente del teléfono para las comunicaciones entre profesores y alumnos. El objetivo era acertado, si bien las más de las veces su implantación no ha contado con una mínima previsión metodológica e institucional. Y así, en el nivel procedimental, las megauniversidades con más de 100.000 alumnos dedican horarios reducidos a las labores de tutoría de cada profesor. En el escaso tiempo disponible éstos deben afrontar la ingente tarea de asesorar individualmente al alumnado, que se distribuye por las distintas asignaturas en grupos de cientos o miles. Las tecnologías digitales de comunicación móvil tampoco han logrado resolver el problema de la masificación y la depreciación de la calidad comunicativa, toda vez que existen disfunciones organizativas de base y falta de ajuste institucional a los nuevos métodos y necesidades derivadas de los usos tecnológicos.

1. Cuando han pasado más de cien años de la aparición del teléfono, sólo el 15% de la población global concentrada en un grupo de países ricos posee las tres cuartas partes de las líneas telefónicas. Más de la mitad de la población mundial nunca ha utilizado un teléfono y 47 países carecen de una línea por cada 100 habitantes (Schiller, 1998 [1996]).


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